Artículo: A LA MUJER QUE SIEMPRE ESTÁ AHÍ
A LA MUJER QUE SIEMPRE ESTÁ AHÍ
Hay momentos en la vida de un hombre que, silenciosamente, lo moldean todo.
La primera vez que te pusiste de pie por tu cuenta. El día en que algo por lo que habías trabajado duro finalmente dio sus frutos. Las épocas difíciles en las que seguiste adelante, incluso cuando rendirte hubiera sido más fácil. Las pequeñas victorias que nadie vio excepto tú.
Durante la mayor parte del tiempo, hubo una presencia constante.
Tu madre.
Antes de que el mundo reconociera nada en ti, ella ya lo veía. Antes de que tú creyeras en ti misma, ella ya creía. Fue tu primer hogar. Tu primera maestra. La que celebraba tus triunfos como si fueran suyos y te acompañaba en tus momentos más difíciles como si también fueran suyos.
Ella daba de maneras que, en su mayoría, pasaban desapercibidas.
El sonido de la cocina cuando ella estaba allí, esa sensación particular de que si ella estaba, todo iba a estar bien. Las mañanas tempranas. La preocupación que nunca expresaba en voz alta. La puerta que siempre estaba abierta, incluso cuando ya no le pedías que la dejara así. El aliento que ofrecía en el momento justo, con el tono preciso, sin que tuvieras que pedírselo.
Como hombres, la vida se vuelve intensa. Nos centramos en la responsabilidad, en el progreso, en la construcción. La próxima reunión. El próximo objetivo. El próximo capítulo.
Y en medio de todo ese movimiento, resulta fácil suponer que siempre habrá más tiempo.
Más tiempo para la visita. Más tiempo para la conversación que tenías pendiente. Más tiempo para hacer las preguntas que nunca llegaste a hacer. Más tiempo para dar las gracias como es debido.
Pero la verdad sobre los momentos más importantes es que rara vez se anuncian. Llegan sin previo aviso. Y una vez que pasan, se convierten en recuerdos.
Piensa en el viaje en coche a tu primer día de clases. Probablemente estabas mirando por la ventana. Probablemente ella te estaba mirando.
Piensa en aquella llamada que hiciste cuando algo salió mal, no solo en tu mejor momento, y en cómo contestó, y en cómo algo en su voz hizo que todo pareciera un poco más llevadero. Piensa en la última vez que su voz sonó como siempre. Estos momentos no esperan a ser recordados. Pasan de todos modos.
Si tu madre está contigo, aprovecha al máximo este domingo.
Llámala. Visítala. Quédate un poco más de lo previsto. Escucha las historias que ya has oído. Hazle las preguntas que nunca te atreviste a hacer. Dile lo que significó para ti y lo que aún significa.
Si tu madre vive en tu memoria, honrála allí.
Háblale. Transmite los valores que te dejó. Llévala contigo a quienes te rodean. Algunas personas nunca nos abandonan del todo. Permanecen en nuestras decisiones, nuestros hábitos, nuestra fortaleza y nuestra forma de amar.
En
Por eso hacemos lo que hacemos.
No para ocasiones especiales. Para momentos como este, momentos en los que las palabras no bastan y necesitas algo que dure tanto como lo que sientes.
A todas las madres extraordinarias, gracias. Por lo que se ve y lo que no se ve. Por lo que se dice y lo que no se dice. Por las innumerables maneras en que cambiaron vidas sin jamás pedir reconocimiento.
Y para ti, que este sea el momento en que te detengas el tiempo suficiente para decir lo que importa.



